No aparece de golpe, sino como una voz que justifica, atenúa o disfraza lo que ocurre: una especie de guión interno que permite seguir consumiendo sin enfrentarse del todo a la realidad.
A veces lo llamamos “negación”, pero en realidad es un mecanismo de defensa más complejo: nos protege del dolor, del miedo y de la vergüenza que implicaría reconocer el problema de frente. El autoengaño sostiene la adicción… y reconocerlo es el primer paso para desmontarlo.
Hay frases que se repiten con ligeras variantes, pero todas cumplen la misma función: mantener la ilusión de control.
Estas son algunas de las más comunes:
El autoengaño no es una simple mentira; es una forma de protección psicológica que intenta calmar una disonancia interna: por un lado, “sé que esto me hace daño”; por otro, “no me imagino vivir sin esto”. La persona percibe señales de que algo no va bien (problemas en el trabajo, discusiones, empeoramiento de la salud), pero admitirlo del todo implicaría actuar: dejar de consumir, pedir ayuda, poner límites, asumir consecuencias. Y eso da miedo.
Ahí aparece esa disonancia interna y, para reducir la tensión, la mente construye explicaciones que suavizan el problema: “no es para tanto”, “yo controlo”, “ya lo dejaré cuando quiera”. No es que la persona no vea nada, es que mira solo lo justo para poder seguir igual. Al principio, este autoengaño funciona como una especie de anestesia emocional que permite aguantar sin tocar nada.
El autoengaño, al principio, es un intento de protección: reduce el impacto de una verdad incómoda y permite aplazar decisiones. Pero, con el tiempo, esa anestesia se convierte en una cárcel. Las frases que antes “protegían” van alejando cada vez más de la realidad: se minimizan riesgos, se justifican daños evidentes y se ignoran señales que antes habían sido alarmantes.
Cuanto más se repiten estas historias internas, más se consolidan como la única manera de mirar lo que pasa. Al final, el autoengaño no solo protege del dolor, también protege a la propia adicción: la mantiene a salvo de la mirada crítica y de la posibilidad de cambio. Romperlo no consiste en dejar de “mentirse” de golpe, sino en ir tolerando, poco a poco, ver más trozos de la realidad sin huir, acompañado y con herramientas para sostener lo que aparece.
Detectar el autoengaño: señales de alerta
Algunas pistas de que el discurso se ha vuelto autojustificativo son:
Reconocer estas señales no significa castigarse, sino empezar a practicar la honestidad emocional, algo que el proceso de recuperación necesita tanto como la abstinencia.
Romper el autoengaño: de la negación a la conciencia
El cambio empieza cuando la persona se permite ver lo que ocurre sin insultarse ni etiquetarse, con una mirada más compasiva:
“No soy débil por tener una adicción; la fortaleza está en atreverme a mirarla de frente.”
El acompañamiento terapéutico ayuda a desactivar estas trampas cognitivas, no con reproches sino con preguntas que abren grietas en el discurso automático:
Cada momento de sinceridad abre un espacio nuevo para el cambio real y sostenible.
El valor de la verdad compartida
Salir del autoengaño rara vez se consigue en soledad. Escuchar a otras personas en terapia o en grupos de apoyo permite reconocer patrones: “esa frase que tú dices también la decía yo”. Esa identificación rompe el aislamiento, baja la vergüenza y devuelve la conexión con la realidad, un elemento clave en cualquier proceso de recuperación.
La verdad, por sí sola, no lo cura todo, pero deja de alimentar la mentira que sostiene el consumo. A partir de ahí, se vuelve posible construir una forma distinta de vivir, con menos autoengaño y más libertad interior.
C/ Teruel 5-C. 28411, Moralzarzal
Diseño y desarrollo: Lacasti Estudio